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  • Laury Leite

Apuntes sobre literatura

Actualizado: 30 de abr de 2018


Hay tantas definiciones sobre la literatura como seres humanos en el planeta tierra. Pienso en la literatura como un territorio infinito en el que cada escritor y cada lector encuentran su pequeño lugar propio. Ese lugar es lo que podríamos definir como afinidad estética. Aunque la literatura, sobre todo la literatura de ficción, se escapa a una definición categórica, dado que puede contener el mundo entero, hoy recuerdo una definición del escritor argentino Juan José Saer: «La literatura de ficción es antropología especulativa (...) Es antropología porque toda literatura de ficción propone una visión del hombre. Y especulativa porque no es una antropología afirmativa. Es una especulación acerca de las posibles maneras de ser del hombre, del mundo, de la sociedad». Entonces, podemos fijar una definición inicial: la literatura de ficción no es la realidad, sino una reformulación del mundo que, por medio del lenguaje, explora todas las formas posibles de la existencia. Lo que somos, lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer. Por eso a veces la literatura es tan profética, porque especula. Pensemos en 1984, de Orwell. La literatura es, por lo tanto, una investigación de orden existencial que plantea las mismas preguntas irresolubles que nos llevamos haciéndonos desde siempre: ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo nos relacionamos los unos con los otros y con el entorno? ¿Cómo debemos vivir? Esa investigación puede terminar cristalizando en una obra literaria; es decir, una larga reflexión sobre lo que somos así como una hipótesis sobre lo que podemos llegar a ser. De modo que, como se puede deducir de las ideas expuestas anteriormente, la literatura para mí es una forma de conocer el mundo en todas sus posibilidades. Y la materia con la que se construye ese conocimiento es el lenguaje. Para el escritor y para el lector el lenguaje es una zona desde dónde contemplarse a sí mismos, a los demás, al mundo. Un territorio que se presta como zona de observación y zona de prueba. Cada escritor busca crear un lenguaje propio dentro del lenguaje heredado, tal vez en un intento por despojar el lenguaje de la inercia con que se ha ido elaborando y reclamarlo como herramienta estética. Este lenguaje con el que se crea una obra literaria luego será transmitido y recreado a su vez por los lectores. Un libro solo vive cuando alguien lo vuelve a leer. Hay un novelista holandés, Cees Nooteboom, que me gusta mucho, y que en una de sus novelas habla sobre esto. Dice: «Un poema no se habrá acabado hasta que no lo haya leído o escuchado el último de sus lectores». (Un libro duerme en una estantería hasta que alguien lo lee). Ese tipo de comunicación casi secreta, subterránea, ajena al tiempo (el escritor muere y el libro queda), entre el lector y el escritor es lo que nos permite la literatura: una relación íntima, un tipo de comunicación especial entre personas (lectores y escritores). La literatura de ficción es la mejor manera que tenemos para conocer al otro y así conocernos a nosotros mismos, para comprender todo lo que fluye en silencio entre nosotros, las imágenes mentales, los pensamientos, las emociones, lo que queda al otro lado del velo de las ideologías que cubren nuestra mirada. Robert Musil decía que la literatura lleva lo abstracto hacia lo concreto. Se refería a que la literatura no emplea una serie de datos computables, sino que revela nuestro comportamiento en toda su ambigüedad. No sé a ustedes, pero a mí me maravilla pensar en el alcance que ha tenido la palabra escrita como memoria colectiva, como forma de conocimiento de nuestro lugar en el mundo. Cuando pensamos que los seres humanos empezaron a escribir para crear listas, hacer pactos, facturas, para desarrollar, al fin y al cabo, una segunda memoria, y luego vemos lo que Shakespeare o Cervantes lograron hacer con esa misma letra escrita que empezó de modo tan rudimentario, no podemos sino llenarnos de asombro.

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© 2019 Laury Leite